EL DORADO VENEZOLANO ANALIZADO POR EL R.P. LUIS UGALDE

EL DORADO VENEZOLANO ANALIZADO POR EL R.P. LUIS UGALDE

                                                                                                     Enrique Viloria Vera

 

El 27 de marzo de 1528 se firmó la capitulación que entregaba la gobernación de Venezuela a los banqueros para que exploraran sus riquezas y se cobraran. Llegaron a Coro los representantes de los Welser, obsesionados con el oro y autorizados para traer hasta 5.000 esclavos negros para explotarlo. Sus expediciones de fiebre minera resultaron estériles, pero contribuyeron a clavar en el alma el mito de “El Dorado” como fuente fabulosa capaz de saciar la ilimitada sed de oro de los conquistadores europeos.

 Luis Ugalde S.J.

 

Ningún mito despertó tanto la imaginación, movilizó la voluntad y encendió la codicia de los conquistadores como el del Dorado: primero fue un rey, después una ciudad, para luego transformarse en la leyenda por antonomasia del Nuevo Mundo. El sacerdote jesuita Constantino Bayle lo expresa con absoluta claridad: “Las fábulas de Cipango y el concepto equivocado que Colón tenía del globo terráqueo les impulsaron a sus maravillosos descubrimientos. Otra, la del Dorado, fue ocasión de viajes y exploraciones en la América del Sur, que no se habrían realizado sin ella: viajes y exploraciones que abrieron nuevos horizontes a la ciencia geográfica y al comercio”.

 

El mito del Dorado tiene lejanos antecedentes en la cultura europea. En efecto, los incansables buscadores del Vellocino de Oro, los secretos de la alquimia para producir el codiciado metal aurífero, la búsqueda obsesiva de la piedra filosofal, así como los traicioneros poderes mágicos del rey Midas, son, a su manera, variaciones de un imaginario ancestral que llegaron al Nuevo Mundo como antecedentes remotos de nuestro americano mito del Dorado.

 

Con el fin de dar con el ansiado país de oro, largas extensiones del sur del continente, ríos, lagos y tierras, desde Quito hasta las bocas del Orinoco, fueron recorridos y explorados por unos europeos insaciables en su codicia y voracidad por conseguir el dorado metal. Como bien recuerda Uslar Pietri: “La lista de buscadores es larga y cubre tres siglos. En 1540 topan, por un increíble azar tres expediciones: la que venía del norte con Jiménez de Quesada, del noroeste con el gobernador alemán Ambrosio Alfínger y la que había partido de Quito con Sebastián de Belalcázar…Ya a fines del siglo XVI vino en su busca nada menos que sir Walter Raleigh, poeta y gran figura de la Corte de la reina Isabel en Inglaterra. Raleigh hace dos viajes hasta el Orinoco en busca del fabuloso mito”.

 

En general, la casi totalidad de los investigadores le otorgan una importancia decisiva a la aventura de Sebastián Belalcázar como fuente originaria de este mito, de la leyenda del Dorado, que se apoderó de la imaginación de los hombres de aquellos tiempos de la Empresa de Indias. Sin embargo, el historiador español Mariano Izquierdo Gallo sustenta que: “antes que los conquistadores de Quito y los fundadores de Popayán tuviesen noticias del Dorado de Cundinamarca, ya Vasco Núñez de Balboa, el descubridor del Pacífico, se representó en su mente con destellante alegría. El Dorado de Dobaiba. En 1510, Núñez de Balboa había descubierto el Altrato, y en 1512, veinte años después de la inmortal epopeya de las tres carabelas, se entregó a la búsqueda del tesoro de Dobaida…” Sin embargo, el mismo investigador apunta, no sin cierta decepción, que: “la historia no conoce más que una tercera parte de la verdad acerca del tesoro de Dobaida. Conoce que ciertamente existió en la región oriental de Altrato un tesoro estupendo de oro, dedicado a la diosa Dobaida; pero nada puede precisarse sobre su magnitud y forma, ni consta si los españoles llegaron a contemplarlo o sí los indios lo sepultaron en el Altrato o en algún lago”.

 

En todo caso, según los historiadores de la conquista del Perú, luego de la fundación en 1534 de la ciudad de Quito por el lugarteniente de Francisco Pizarro, Sebastián Belalcázar, éste planeó explorar nuevas naciones en busca de las ansiadas riquezas que tanto comentaban los moradores del lugar. Entre ellos encontró Belalcázar uno, cuya conversación, de acuerdo con la versión escrita de Fray Pedro Simón, tuvo el siguiente derrotero: “preguntándole por su tierra, dijo el indio que se llamaba Muizquita y su cacique Bogotá que es, como hemos dicho, este Nuevo Reino de Granada, que los españoles le llamaron Bogotá. Y preguntándole si en su tierra había de aquel metal que le mostraba que era oro, respondió ser mucha la cantidad que había y de esmeraldas, que el nombraba en su lengua piedras verdes. Y añadió que había una laguna en la tierra de su cacique, donde él entraba algunas veces al año en unas balsas bien hechas al medio de ella, yendo en cueros, pero todo el cuerpo lleno, desde la cabeza a los pies de y manos, de una trementina muy pegajosa y sobre ella mucho oro en polvo fino; de suerte que cuajada de oro toda aquella trementina, se hacía todo una capa o segundo pellejo de oro, que dándole el sol por la mañana, que era cuando se hacía este sacrificio y en día claro, daba grandes resplandores, y entrando así hasta el medio de la laguna, allí hacía sacrificio y ofrenda, arrojando al agua algunas piezas de oro, y esmeraldas con ciertas palabras que decía. Y haciéndose luego lavar con ciertas hierbas, como jaboneras todo el cuerpo, caía todo el oro que traía a cuestas, en el agua; con que se acababa el sacrificio y se salía del agua y vestía sus mantas”.

 

Prosigue su narración Fray Pedro Simón comentando las ambiciones que ya se habían fraguado en la voluntad y apetencias del lugarteniente de Pizarro: “Fue esta nueva tan a propósito de lo que deseaba Belalcázar y sus soldados, que estaban cebados para mayores descubrimientos como los que iban haciendo en el Perú, que se determinaron luego a hacer éste de que daba noticia el indio. Y confiriendo entre ellos que nombre le darían para entenderse, y diferenciar aquella provincia de las demás de sus conquistas, determinaron llamarle la Provincia del Dorado, como diciendo: llámese aquélla provincia donde va a ofrecer sus sacrificios aquel cacique con el cuerpo dorado”.

 

Son muchos los conceptos y explicaciones que intentan explicar la importancia y la relevancia que el mito del Dorado tuvo durante la conquista de América, por nuestra parte asumiremos como pertinentes las conclusiones expuestas por el reconocido doradista Demetrio Ramos Pérez:

  • El Dorado no es el fruto de la argucia de los indios para llevar a los españoles de un lugar a otro, ni tampoco era consecuencia de una credulidad incomprensible.
  • El Dorado no existía en ninguna parte, pues era fruto de la concreción de las ideas clásicas sobre indicios de posibilidad, que el conquistador acumuló, por el paso de unas a otras huestes, sobre un supuesto racional: el de la necesidad que existieran unas minas riquísimas en el lugar donde las condiciones naturales fueran óptimas.
  • El Dorado constituye un maravilloso capítulo de la historia de las ideas, en el que colaboran todos los que de cerca o de lejos intervienen en la historia americana del siglo XVI.

 

La movediza ubicación de El Dorado pasó de los Llanos de Nueva Granada y de la Selva Amazónica, al Orinoco hasta ir ubicándose en Guayana – precisa el R.P. Luis Ugalde en su discurso de incorporación a la Academia Venezolana de la Historia –para ubicarse, en el imaginario de la época, en las cabeceras del Caroní.

 

“El territorio mítico pasó de la imaginación a los mapas que hasta fines del siglo XVIII pintaron en esa región guayanesa el inmenso Lago de Parima, en cuya orilla estaba la dorada ciudad de Manoa. La creencia era tan pertinaz que el Gobernador Manuel Centurión organizó entre 1773 y 1775, dos expediciones al lago Parima. Los de la segunda fueron apresados por los portugueses y llevados a Rio Negro. Ésta última, que parecería extemporánea en pleno siglo de las “luces” y de la Ilustración, terminó informando que ya habían encontrado el Lago Parima y su capital Manoa”.

 

Y luego narra como El Dorado venezolano súbitamente llegó a Nueva York:

 

“Entre el sueño y la realidad El artículo 1º de la Concesión Manoa establece que “El gobierno de la república concede a Fitzgerald, sus asociados, cesionarios y sucesores, por el término de noventa y nueve años contados desde la fecha de éste contrato, el derecho exclusivo de explotar la riqueza que se encuentra en los terrenos de propiedad nacional que a continuación se expresan (…) También se establece “el derecho exclusivo de fundar una colonia para desarrollar las riquezas conocidas”. FitzGerald en Nueva York donde montó la oficina de Manoa constituyó la Compañía e hizo propaganda tratando de vender por lo menos 5 millones de dólares (25 millones de bolívares) en acciones. Aprovechó el viaje de Antonio Guzmán Blanco a Washington y Nueva York en junio de 1884 para reforzar la propaganda. Pero la coyuntura de los negocios no era buena en ese momento y todavía faltaban casi dos décadas para que el mundo capitalista norteamericano de la mano de la política imperialista del “Gran Garrote” saliera de sus fronteras hacia América Latina con su presencia dominante en Cuba, Puerto Rico, Panamá y varios países de Centro América y Venezuela”.

 

Muchas, largas y complicadas fueron las incidencias que los intereses políticos, financieros y comerciales norteamericanos –  en complicidad con los corruptos gobernantes de turno -, realizaron para adueñarse y depredar nuestro Dorado. Minuciosa y bien documentada es la crónica del expolio, que socialistamente culmina con el llamado “Arco Minero”, valientemente como es su conducta, letra y verbo, el ahora Académico de la Historia afirma:

 

“En la actual encrucijada de esta Venezuela doradista arruinada y agonizante, algunos se empeñan en levantar el mito del regreso a la prosperidad con poder militar y el Arco Minero del Orinoco, compendio de corrupción, delincuencia y crimen contra el medio ambiente, repitiendo y agravando los errores trágicamente avalados por la historia minero-rentista. El Arco Minero del Orinoco y toda la delincuencia que la rodea, tiene más capacidad destructiva de la naturaleza y de corrupción que todo lo que hayamos visto en los siglos anteriores”.